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A la muerte de Carlomagno, acaecida en el año 814, tomó las riendas del Sacro Imperio Romano su hijo Ludovico Pío (años 814840), el cual no
tardó mucho en afrontar un problema espinoso y fundamental: la sucesión. Las complejas vicisitudes subsiguientes a las luchas entre los tres
hijos y herederos de Ludovico, desembocaron en el año 843 en un acuerdo (tratado de Verdún) para el reparto del Imperio: a Lotario, el
primogénito y, por tanto, heredero del título imperial, correspondió Italia y el territorio que se llamó Lotaringia, comprendido entre los
ríos Rin, Ródano, Mosa y Escalda hasta el mar del Norte; a su hermano Ludovico se le entregó Alemania, y a Carlos, llamado el Calvo, le fue
asignada Francia. De nada valió la reunificación del Imperio, llevada a cabo durante unos pocos años por el último de los carolingios, Carlos
el Gordo (años 885-887): con su deposición, el Imperio se dividió definitivamente en varios Estados, que reclamaban plena autonomía y el
desmembramiento del gran designio unitario de Carlomagno, De los tres reinos principales, Italia, Francia y Alemania, sólo la segunda, gracias
al señor feudal Hugo Capeto, fundador de la dinastía de los Capetos (finales del siglo x), consiguió llevar adelante un proceso de
identificación nacional y de unidad, que tuvo en la transmisión hereditaria del título regio su principal elemento de cohesión.
Oton y la hegemonia alemana
En Alemania la situación era más confusa, pues cinco casas feudales (Sajonia, Franconia, Suabia, Baviera y Lorena) se disputaban la supremacía
de aquella rica región.
Hacia comienzos del siglo X, Enrique 1 de Sajonia (años 918-936) logró prevalecer, imponiendo también la aceptación, como sucesor, de su hijo
Otón 1 (años 936-973).
En el reino de Italia dominaban la inestabilidad y el desorden extremos: en plena anarquía, los prepotentes señores feudales, sin ley ni
autoridad que los controlara, reinaban como soberanos tanto en el Norte como en el Sur, mientras que en la Italia central el papado,
desprovisto ahora de la protección de los carolingios, se hallaba a merced de familias sedientas de poder, que elegían y destituían a los
pontífices con absoluta desenvoltura, y a menudo tras luchas sangrientas.
Otón 1 no tardó mucho en intervenir, dado lo precario de la situación, y en el año 951 el reino de Italia (denominación que por entonces
designaba sólo las regiones septentrionales y parte de las centrales) pasó a formar parte de la Corona germánica. Esta conquista se quiso
revestir de un importante significado: el renacimiento, bajo dicha Corona, del Sacro Imperio Romano.
Naturalmente, la realidad era muy distinta, pues al centralismo y unidad del mundo carolingio, Otón sólo podía contraponer la evidencia de
numerosos señores feudales en lucha entre sí. Además, la alianza con el papado se había sustituido por una peligrosísima afirmación de la
superioridad imperial sobre la Iglesia. Durante los años en que la Casa de Sajonia mantuvo a sus hombres en el poder, la situación no cambió
sustancialmente; antes bien, los primeros años del siglo Xi asistieron a la multiplicación de centros (ciudades, principados, condados) que
exigían autonomía.
La confusa situacion monetaria
En una realidad tan compleja y confusa, también la economía registraba momentos de gran dificultad y de absoluta falta de organización: los
escasos intercambios se llevaban a cabo durante las ferias locales con el empleo de un numerario muy pobre, ligado a la producción monetaria
de los señores locales, que se atribuían el derecho de acuñar, bien por concesión imperial o por usurpación.
Se asiste, en suma, a una feudalización de la moneda que, en Francia, por ejemplo, se expresa con toda claridad en la ausencia del nombre del
soberano en las cecas no directamente controladas por el rey.
Además, las monedas se devaluaban constantemente: en el siglo XII, algunos es sajones cambiaban el valor de eda hasta tres veces en un año,
udo ese valor lo asignaba el sosegún las necesidades del mo¡taba en absoluto la conciencia de que el metal fuese un componente fundamental,
capaz de determinar el valor de una moneda). En Italia, hasta comienzos del siglo xiii, el circulante es el de tipo carolingio, con la cruz o
el templo, el nombre del rey, el monograma de Cristo (o la mención a ¡a religión cristiana), además del nombre de la ciudad. Los dineros de
Milán, por ejemplo, hasta el nacimiento de la primera república (1250), presentan características que permanecieron constantes por espacio de
400 años, muy ligados a las monedas carolingias, aunque los emitieran dinastías diferentes. Como es natural, el dato iconográfico se halla
ausente en gran parte. Para apreciar los sensibles e interesantes cambios, es precisó llegar a las primeras ciudades comunales, o sea a la
manifestación de un radical cambio operado a todos los niveles.
Nacen ciudades comunales
Con la afirmación de los centros urbanos cambiaron muchas cosas. El fenómeno se dio en muchas partes de Europa, pero fue típico de Italia.
Hacia los siglos xi y xil, una nueva energía, procedente de las ciudades, modifica de forma sustancial todos los equilibrios políticos,
económicos y sociales: se trata del espíritu emprendedor que trata de romper la cerrada autarquía medieval y conduce a intensificar las
actividades humanas, tanto prácticas como intelectuales. Ueva, sobre todo, a acentuar el deseo y la necesidad de gestionar directamente la
cosa pública, que durante siglos había permanecido vedada a comerciantes y artesanos, así como a los nobles venidos a menos. Este fenómeno,
que se desarrolló en Francia, Alemania y Países Bajos, tuvo su máxima expansión en la Italia septentrional (el Sur, que había conocido el
fuerte poder centralizado de los normandos, no tuvo las mismas oportunidades). El hecho de que durante tantos años las ciudades del Norte,
aun formando parte del Imperio, no estuvieran estrechamente controladas por una indiscutido autoridad, había permitido que se formaran
asociaciones libres, capaces, con el tiempo, de restar poder al señor feudal y de asumir una autonomía política y administrativa cada vez
mayores. La economía se revigorizó, el comercio se intensificó, las ferias se multiplicaron y, con todo ello, se incremento el uso de la
moneda. De este modo se llegó, hacia finales del siglo XI, a la necesidad de una organización monetaria totalmente desconocida para la
sociedad anterior. No podía seguir existiendo una moneda sujeta a continuas devaluaciones, ni de bajo valor intrínseco, puesto que el
comercio crecía cada vez más y se volvía imperativa la necesidad de regularlo de manera estable y práctica,
Nuevas necesidades, nuevas monedas
Si el sistema monetario instaurado por Carlomagno podía funcionar en una economía muy reducida, la realidad del siglo xiii llevó a la creación
de una nueva divisa de plata, el grosso. Finalmente se vio la necesidad de acuñar también una moneda de oro autorizada y estable. El
primero en comprender esta necesidad fue el emperador Federico li, de la casa de Suabia, el cual realizó en 1231 el bellísimo de
oro. A un renacimiento de los intercambios y del comercio se unió un incremento demográfico que, tras años de descenso debido a las terribles
carestías y a las míseras condiciones de la economía, aportó nueva savia a la producción y al consumo. Las ciudades reclamaron cada vez más
hombres, y las actividades cobraron vigor y vitalidad.
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